Aquel día, cuando en el bar no había
nadie y estaba fregando los vasos, vi que alguien, con mucha curiosidad,
echaba un vistazo por el ventanal. Era un hombrecillo bajito,
que tenia la cara con piel parecida a una ciruela seca, de la
que emergía un narizón incólume, bajo el
que llevaba un bigotito. Unos ojos pequeños, de ratoncillo
agudas e inquietos y dos orejas enormes como antenas repetidoras.
Tenia el pelo cano, escaso y se peinaba hacia atrás con
gel o brillantina. Su rastro dibujaba la mueca de las mascotas
que sirven para dar temor a los niños pequeños.
En un momento el hombre entró en el bar por la puerta,
con sonrisa triunfal y se acercó a la barra. Vestía
su mejor traje, que tenia su época y la camisa era de color
azul, con manchas. Su cuello lo adornaba una cadena grande de
oro y sus dedos también los adornaban unos anillos
......